No tengo tiempo para pensar
Por:Javier Martínez Aldanondo
Gerente de Gestión del Conocimiento de Catenaria
jmartinez@catenaria.cl
Por supuesto, nadie va a ser lo suficientemente sincero y valiente como proferir esa frase públicamente. A fin de cuentas, no está bien visto reconocerse como un descerebrado. Sin embargo, y como pasa tantas veces, los hechos suelen encargarse de desmentir tanto las palabras como las intenciones (en este caso los silencios) …
Para los amantes de la gastronomía, el año ha comenzado con una noticia explosiva que ha causado un revuelo impactante (llegó a ser portada del Financial Times). Ferrán Adriá, cocinero de El Bulli, considerado el mejor restaurant del mundo de los últimos años, anunció que dejará de servir comidas y cerrará sus puertas durante los años 2012 y 2013. Esta controvertida decisión que ha hecho correr ríos de tinta, ha cosechado alabanzas y críticas por igual ya que muchos, incluido el propio Adrià, dudan de que tras este paréntesis, El Bulli pueda recuperar su corona de mejor restaurant del orbe. Para aquellos que lo desconozcan, El Bulli hace ya tiempo que solamente abre sus puertas 6 meses al año ya que el resto del tiempo se dedica a la investigación en el laboratorio especializado con que cuenta en Barcelona. Durante la temporada que se extiende entre junio y diciembre y con la excepción de 3 días al mes en que se ofrecen almuerzos, el resto de días solamente sirve cenas. Y por supuesto, la lista de espera para conseguir mesa era de un par de años. Adrià parece ser consciente de que el ritmo de trabajo al que están sometidos él y su equipo se ha vuelto insostenible y está generando algunos efectos secundarios cada vez más peligrosos. Y aquí es donde la relación entre la decisión de Adrià y la gestión del conocimiento y el aprendizaje se hace muy evidente. Adrià ha llegado a la conclusión de que si no hace un alto en el camino, va a tener dificultades al menos en 3 aspectos de su negocio:
1. Cada vez va a ser más difícil analizar y capturar el know how de elaboraciones, técnicas y estilos que, tanto él personalmente como el Bulli, han ido generando tras 30 años de trayectoria creativa. Como resulta fácil de comprender, estamos hablando de un capital demasiado valioso como para dilapidarlo.
2. Necesita tiempo para planificar, aunque sea tentativamente el futuro del restaurant y su propio futuro. Los expertos coinciden en que los restaurantes de lujo suelen ser negocios deficitarios que necesitan generar beneficios por vías alternativas. No planificar te obliga a jugar un partido en el que no existe marcador y, por tanto, no sabes si ganas, empatas o pierdes.
3. Adrià sabe que para continuar siendo creativo e innovador tiene obligatoriamente que seguir aprendiendo y entre otras cosas ha declarado que se va a tomar un tiempo para aprender, por ejemplo, en China.
Imagino que a muchas personas les sucede lo mismo que a mí cuando regresan al trabajo después del paréntesis vacacional: el mundo parece transcurrir más despacio, uno se siente en armonía, se muestra más pausado ante situaciones que solo unos días antes le hubiesen hecho perder la paciencia, aborda las cosas con calma inusitada, con tranquilidad, en definitiva, parece como si hubiese recuperado su ritmo vital (perdido hace ya tanto tiempo) y su sintonía con la naturaleza. La incógnita, al menos en mi caso, siempre es cuánto tiempo va a durar ese estado de nirvana hasta ir dejando paso a la inexorable velocidad de vértigo que impone la rutina.
Que nuestra civilización (al menos la occidental) deja cada vez menos espacio para la reflexión no es nada nuevo. Existen 2 importantes variables que se combinan para ayudarnos o entorpecernos la existencia: El tiempo y el ritmo. Sobre el primero es poco lo que podemos hacer porque tenemos una cantidad finita cada día (24 horas) aunque no exactamente igual para todos ya que unos viven más años que otros. Pero esta realidad nunca ha cambiado. Siempre el ser humano ha gozado de ese mismo tiempo. Lo que ha cambiado es que ahora enfrentamos una sobredosis de estímulos que tratan de competir por un pedazo de ese tiempo y lo más peligroso es que muchos de esos estímulos nos llaman poderosamente la atención y resulta difícil resistir su atracción: Queremos hacer muchas cosas, cada vez más, y eso exige pagar algunos peajes a cambio. Sobre el ritmo, sin embargo, si dispones de capacidad para controlarlo porque solo tú decides a qué ritmo vives tu vida. Pero observo algunos síntomas preocupantes que me hacen pensar que esto ocurre muy esporádicamente: A demasiadas personas les cuesta escuchar (lo hacen poco y mal), les cuesta concentrarse en un tema especifico más allá de unos breves minutos, hablan más de lo necesario y lo hacen muy rápido, pasan más tiempo en el futuro que en el presente.
El tiempo y el ritmo se combinan además para generar una tercera variable que se ha vuelto muy nociva: La velocidad. Nuestra vida ha ido acelerando progresivamente el paso hasta un punto que, en demasiadas ocasiones, se vuelve irrespirable y que es cuando tratamos de buscar atajos para obtener las cosas. Nos hemos vuelto muy impacientes, ya nadie está dispuesto a esperar. Florecen los cursos de lectura rápida, los negocios de comida rápida, cada vez dormimos menos, hay gente que me escribe para indicarme que estos artículos son demasiado largos.
Mi impresión es que la mayor parte de profesionales que conozco, viven a un ritmo que les impide dedicar tiempo a algunas actividades esenciales, la más importante de ellas a reflexionar.
Cuando uno presta atención a lo que dicen tanto sus clientes como colegas o amigos, hay una cantinela que se repite de manera recurrente: Solo tenemos tiempo para hacernos cargo de lo urgente, la contingencia nos come, el día a día se encarga de desmontarnos los planes. Es indudable que la realidad siempre impone su criterio pero esa sensación de vivir en emergencia continua es muy arriesgada por una razón muy clara: Si no dispones de tiempo, no reflexionas. Si no reflexionas, entonces no aprendes porque una de las condiciones fundamentales para aprender consiste en reflexionar (por eso aprendemos tan pocas cosas en el colegio en comparación con la gran cantidad de tiempo que invertimos allá, porque reflexionamos poco y memorizamos mucho). Si no aprendes, te arriesgas a cometer errores pasados en el futuro y no acumulas conocimiento (pierdes la oportunidad de ser más inteligente. Y sin conocimiento, no puedes mejorar ni desde luego innovar.
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