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Jueves, 25 Abril 2013 00:00

Espacio vital

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Nada más alejado de la realidad; el hombre moderno sigue siendo parte del reino animal, y aunque racional, no ha perdido esa imperiosa necesidad de la territorialidad.

Así, en el mundo libre y democrático ésta se alcanza con el uso y disfrute de vivienda, negocios y propiedades, y para quienes aun no las poseen por edad, situación económica u otros motivos, esta territorialidad se expresa en la privacidad de un mueble, cajón, una almohada, un libro o cualquier posesión que nos molesta que la toquen, por ser la expresión de nuestro territorio, aun nuestros seres queridos y cercanos, esposa o hijos.

Por ello, el absurdo de la propiedad común establecida por los estados absolutistas y centralistas, como son los regímenes comunistas y socialistas no solo atentan contra la parte intelectual y espiritual del hombre y su libertad, sino contra la esencia misma de su naturaleza animal, al privarle de lo más elemental, su “espacio vital”, su propiedad, su territorialidad y por ello ni con toda la fuerza bruta de las armas, muros o de los sofismas de la falsa justicia social podrán luchar y cambiar la naturaleza misma del hombre.

Estamos viviendo el estallido desesperado de los pueblos europeos que salieron de sus jaulas rojas, donde falsos profetas los mantenían prisioneros con la inalcanzable promesa de que así los cuidan y alimentan por igual para que cual ganado, o aves de corral, le rindan los frutos al amo rojo o dictador de turno del siglo XXI.

La territorialidad animal y física se complementa con ese espacio vital del alma, la libertad, donde cada hombre, cada ciudadano pueda expresarse, movilizarse, decidir su vida, religión y profesión por encima de sus verdugos centralistas y burócratas, planificadores de lo antinatural.

Con los muchos colores de la política, los congresos, asambleas o parlamentos promulgan leyes absurdas y retrogradas y legislan contracorriente, privando al ciudadano de su libertad de acción en cuanto a vivienda, atentando así contra la inversión y el uso y disfrute de las mismas.

La territorialidad es vital, y así lo han expresado en seminarios de turismo orientado a la naturaleza, las comunidades indígenas que se quejaron que tanto los desarrollos mineros, petroleros y otros como los agrícolas y turísticos, invaden su privacidad indicando que estos últimos los visitan y observan como a monos y bichos raros de la naturaleza, sin respetar sus viviendas o  fiestas, ingresando a ellas sin permiso, con lo que se demuestra que estamos violando su espacio vital, su territorialidad, y con ello el derecho de su libertad de vida y cultura.

El mundo debe reflexionar y permitir a los ciudadanos de ciertas ciudades y regiones vivir sus realidades, desarrollarlas en ellas con sus rentas e instituciones en instancias administrativas locales, dentro de sus espacios vitales, y en el marco saludable de la territorialidad, sin que por ello se afecte o atente la territorialidad común de todos, que son los países o estados, sino que más bien se la fortalezca por la suma de regiones y ciudades fuertes y equilibradamente desarrolladlas.

Libertad y territorialidad expresada en el esfuerzo privado, es la sencilla suma que nos hará grandes.

Para concluir, mucho se escucha y lee sobre los reclamos expresados en la frase: “Necesito mi espacio” con la que concluyo esta reflexión.

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