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Miércoles, 22 Agosto 2012 00:00

No tengo tiempo para pensar

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Para los amantes de la gastronomía, el año ha comenzado con una noticia explosiva que ha causado un revuelo impactante (llegó a ser portada del Financial Times). Ferrán Adriá, cocinero de El Bulli, considerado el mejor restaurant del mundo de los últimos años, anunció que dejará de servir comidas y cerrará sus puertas durante los años 2012 y 2013. Esta controvertida decisión que ha hecho correr ríos de tinta, ha cosechado alabanzas y críticas por igual ya que muchos, incluido el propio Adrià, dudan de que tras este paréntesis, El Bulli pueda recuperar su corona de mejor restaurant del orbe. Para aquellos que lo desconozcan, El Bulli hace ya tiempo que solamente abre sus puertas 6 meses al año ya que el resto del tiempo se dedica a la investigación en el laboratorio especializado con que cuenta en Barcelona. Durante la temporada que se extiende entre junio y diciembre y con la excepción de 3 días al mes en que se ofrecen almuerzos, el resto de días solamente sirve cenas. Y por supuesto, la lista de espera para conseguir mesa era de un par de años. Adrià parece ser consciente de que el ritmo de trabajo al que están sometidos él y su equipo se ha vuelto insostenible y está generando algunos efectos secundarios cada vez más peligrosos. Y aquí es donde la relación entre la decisión de Adrià y la gestión del conocimiento y el aprendizaje se hace muy evidente. Adrià ha llegado a la conclusión de que si no hace un alto en el camino, va a tener dificultades al menos en 3 aspectos de su negocio:

1. Cada vez va a ser más difícil analizar y capturar el know-how de elaboraciones, técnicas y estilos que, tanto él personalmente como el Bulli, han ido generando tras 30 años de trayectoria creativa. Como resulta fácil de comprender, estamos hablando de un capital demasiado valioso como para dilapidarlo.

2. Necesita tiempo para planificar, aunque sea tentativamente el futuro del restaurant y su propio futuro. Los expertos coinciden en que los restaurantes de lujo suelen ser negocios deficitarios que necesitan generar beneficios por vías alternativas. No planificar te obliga a jugar un partido en el que no existe marcador y, por tanto, no sabes si ganas, empatas o pierdes.

3. Adrià sabe que para continuar siendo creativo e innovador tiene obligatoriamente que seguir aprendiendo y entre otras cosas ha declarado que se va a tomar un tiempo para aprender, por ejemplo, en China.

Imagino que a muchas personas les sucede lo mismo que a mí cuando regresan al trabajo después del paréntesis vacacional: el mundo parece transcurrir más despacio, uno se siente en armonía, se muestra más pausado ante situaciones que solo unos días antes le hubiesen hecho perder la paciencia, aborda las cosas con calma inusitada, con tranquilidad, en definitiva, parece como si hubiese recuperado su ritmo vital (perdido hace ya tanto tiempo) y su sintonía con la naturaleza. La incógnita, al menos en mi caso, siempre es cuánto tiempo va a durar ese estado de nirvana hasta ir dejando paso a la inexorable velocidad de vértigo que impone la rutina.

Que nuestra civilización (al menos la occidental) deja cada vez menos espacio para la reflexión no es nada nuevo. Existen 2 importantes variables que se combinan para ayudarnos o entorpecernos la existencia: El tiempo y el ritmo. Sobre el primero es poco lo que podemos hacer porque tenemos una cantidad finita cada día (24 horas) aunque no exactamente igual para todos ya que unos viven más años que otros. Pero esta realidad nunca ha cambiado. Siempre el ser humano ha gozado de ese mismo tiempo. Lo que ha cambiado es que ahora enfrentamos una sobredosis de estímulos que tratan de competir por un pedazo de ese tiempo y lo más peligroso es que muchos de esos estímulos nos llaman poderosamente la atención y resulta difícil resistir su atracción: Queremos hacer muchas cosas, cada vez más, y eso exige pagar algunos peajes a cambio. Sobre el ritmo, sin embargo, si dispones de capacidad para controlarlo porque solo tú decides a qué ritmo vives tu vida. Pero observo algunos síntomas preocupantes que me hacen pensar que esto ocurre muy esporádicamente: A demasiadas personas les cuesta escuchar (lo hacen poco y mal), les cuesta concentrarse en un tema especi­fico más allá de unos breves minutos, hablan más de lo necesario y lo hacen muy rápido, pasan más tiempo en el futuro que en el presente.

El tiempo y el ritmo se combinan además para generar una tercera variable que se ha vuelto muy nociva: La velocidad. Nuestra vida ha ido acelerando progresivamente el paso hasta un punto que, en demasiadas ocasiones, se vuelve irrespirable y que es cuando tratamos de buscar atajos para obtener las cosas. Nos hemos vuelto muy impacientes, ya nadie está dispuesto a esperar. Florecen los cursos de lectura rápida, los negocios de comida rápida, cada vez dormimos menos, hay gente que me escribe para indicarme que estos artículos son demasiado largos. Mi impresión es que la mayor parte de profesionales que conozco, viven a un ritmo que les impide dedicar tiempo a algunas actividades esenciales, la más importante de ellas a reflexionar.

Cuando uno presta atención a lo que dicen tanto sus clientes como colegas o amigos, hay una cantinela que se repite de manera recurrente: Solo tenemos tiempo para hacernos cargo de lo urgente, la contingencia nos come, el día a día se encarga de desmontarnos los planes. Es indudable que la realidad siempre impone su criterio pero esa sensación de vivir en emergencia continua es muy arriesgada por una razón muy clara: Si no dispones de tiempo, no reflexionas. Si no reflexionas, entonces no aprendes porque una de las condiciones fundamentales para aprender consiste en reflexionar (por eso aprendemos tan pocas cosas en el colegio en comparación con la gran cantidad de tiempo que invertimos allá­, porque reflexionamos poco y memorizamos mucho). Si no aprendes, te arriesgas a cometer errores pasados en el futuro y no acumulas conocimiento (pierdes la oportunidad de ser más inteligente. Y sin conocimiento, no puedes mejorar ni desde luego innovar.

En los últimos meses, varios clientes nos han hecho una petición bastante coincidente. Metafóricamente hablando nos han hecho saber que están trabajando muy intensamente en la cocina, son muy buenos cocineros pero no pueden ocuparse de cocinar y al mismo tiempo preocuparse de sistematizar la receta. Y por supuesto, la prioridad la tiene cocinar porque los clientes pagan y valoran la buena comida, no las recetas. Pero reconocen también la importancia de entender y aprender del proceso que siguen para cocinarla porque es la única forma de volver a enfrentar esa situación con éxito en el futuro, transferirla a otros que la necesiten y desde luego introducirle mejoras. Necesitan que mientras ellos avanzan ininterrumpidamente de tarea en tarea, alguien les ayude a reflexionar sobre lo que hacen, cómo lo hacen y porque, qué aprenden de lo que han hecho y como lo reutilizan la próxima vez. Ya en su momento me referí a que, al revés de lo que sucede con las personas, las empresas tienen muy mala memoria y desaprovechan muchas oportunidades para aprender, ser más inteligentes y desde luego, más rentables. Esta es una realidad que enfrentan la totalidad de organizaciones pero para la que muy pocas tienen una respuesta satisfactoria.

Se atribuye al ejército de EEUU la creación de una técnica (ya bastante difundida) bautizada como After Action Review. Hay 2 aspectos claves a la hora de aplicarla para que verdaderamente sea eficaz:

1. Seguir fielmente el formato, lo que resulta extremadamente simple porque tan solo exige reflexionar acerca de 4 preguntas. - Qué debía haber pasado - Qué pasó realmente - Por qué la diferencia - Qué podemos aprender y hacer diferente mañana.

2. Aplicar la técnica de forma ineludible, con todo el equipo, después de cada actividad (en el caso de un proyecto, aplicarla cada día al inicio o al final de la jornada) ya que es un ejercicio que no toma más de 15 minutos.

Si hacemos un paralelismo con el mundo del deporte, es en la fase de descanso cuando realmente un atleta progresa porque es en esa instancia cuando el cuerpo asimila el trabajo realizado durante el entrenamiento. De nada sirve entrenar las 24 horas del día sino para destruir el organismo. Es igual que trabajar sin dormir ni descansar. Y de nada sirve tampoco entrenar un mes de manera intensiva para luego no hacer absolutamente nada el mes siguiente. No es suficiente reflexionar esporádicamente, planificar cada 6 meses sino que la reflexión es un proceso continuo, permanente, es parte de tu trabajo, igual que respirar. Simplemente no se te puede olvidar, no puedes trabajar ni vivir sin reflexionar. La reflexión, eso sí, obliga a prestar atención (algo aparentemente tan difícil en nuestros días) para no pasar por encima de las cosas sin darnos cuenta.

En realidad, es bastante sencillo saber si alguien (persona u organización) está reflexionando y aprendiendo: ¿Avanza, progresa, es capaz de hacer cosas que antes no podía, es decir, aprende? Si sigue estancada, si hace lo mismo que hacía antes y no demuestra progreso alguno, significa que no aprende.

Las organizaciones tienen una inmensa oportunidad enfrente de sus narices que por el momento la mayoría no es capaz de abordar: Contar con un proceso que les permita analizar sistemáticamente todo lo que pasa y está pasando en la organización, que resultados dio, que habrá que cambiar y que habrá que mantener y como inyectara este caudal de conocimiento a todo aquel para quien resulta importante en función de las actividades que debe realizar. Este proceso no solo garantiza a una organización que aprende sino que le permite analizar lo que se viene, pensar cómo enfrentarlo y le entrega armas para reaccionar ante lo imprevisto. Precisamente, lo que más valoro de escribir estos artículos o la columna mensual sobre gestión del conocimiento para la revista Capital Humano, es que me permiten y me obligan a dedicar siempre un tiempo no menor a reflexionar. En muchas ocasiones me pregunto si no será que la educación se olvidó de algo tan importante como enseñarnos a pensar…

Les puedo adelantar que la reflexión que se abordará en el próximo newsletter del mes de marzo llevará por título “Los 10 mandamientos de la educación”.

PD: Hace escasas horas un violento terremoto ha sacudido Chile. Todavía se está tratando de conocer el impacto del desastre, que se adivina tremendo, ya que las comunicaciones han quedado severamente dañadas. Tenemos ante nosotros una nueva oportunidad para reflexionar. En el ámbito que nos atañe (conocimiento y aprendizaje), una reflexión muy evidente es si existe el conocimiento necesario para desarrollar sistemas que permitan predecir y anticipar este tipo de catástrofes y evitar de esta manera el sufrimiento de millones de personas. Y otra reflexión fundamental es qué seremos capaces de aprender de este desastre y, por tanto, mejorar a todos los niveles para que en el caso de que vuelva a suceder algo parecido, seamos capaces de enfrentarlo con mayor acierto.

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