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Jueves, 17 Octubre 2013 00:00

Israel - Palestina

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Hace 25 años visité Israel y pude personalmente tener un criterio, constatar una realidad y vivir la situación de los pueblos que habitan en dicho Estado, en esos años.

Para compartir mi experiencia con los lectores, apunto a continuación, con un símil sencillo que nos permita tratar de entender lo que sucede, la realidad reinante en Israel.

Supongamos que dos familias de la misma raíz, en este caso semita, para ser más claros, a nivel de primos: judíos y árabes, comparten una misma casa y se ubican cada cual en diferentes habitaciones, compartiendo la misma gran e histórica sala: Jerusalén, ciudad sagrada para las tres religiones monoteístas: judaísmo, cristianismo, e islamismo.

En nuestro símil la parte de la sala (antigua Jerusalén) que tiene muebles antiguos, decoración y colección de piezas arqueológicas, reliquias varias, está básicamente utilizada (habitada) por los palestinos, aunque protegida y administrada por los judíos. La parte moderna de dicha sala, toda su infraestructura de servicios, pasillos (avenidas), puertas (acceso a la ciudad), ventana (miradores), así como sus colecciones de arte, libros (museos, bibliotecas, etc.), está utilizada, administrada y custodiada mayoritariamente por judíos. Entre las dos áreas hay solo acceso por ciertos arcos o puertas que corresponden a las puertas de entrada de la antigua ciudad amurallada.

En ciertas habitaciones, (en la casa de nuestro símil), como Cisjordania y Gaza (territorios ocupados), prácticamente solo habitan palestinos; por el contrario, en Tel Aviv predominan los judíos. En las restantes habitaciones y áreas (otras ciudades y pueblos), las proporciones varían, siendo pues que en la misma habitación (ciudad) hay camas para judíos y palestinos (viviendas, negocios, etc.) En estas últimas habitaciones el nivel de convivencia por inevitable cercanía, necesidad de supervivencia, mutuo conocimiento, es más normal y pacífico.

Estos primos que tenían originalmente una distribución y uso de habitaciones diferentes (antigua Palestina), poco a poco unos han perdido sus habitaciones en beneficio de otros, camas (viviendas), utensilios (negocios), etc., (palestinos en beneficio de judíos, por guerras, compras o invasiones), siendo los palestinos arrinconados a ciertas habitaciones (Cisjordania y Gaza), donde se les condiciona su forma de vida, libertad de movimiento, trabajos que pueden desempeñar, para finalmente impedirles salir de casa por la puerta principal: Tel Aviv; (no pueden utilizar libremente el aeropuerto internacional de dicha ciudad, el único del país), además y esto es lo más grave, los palestinos son apátridas en su propia casa.

Las nuevas generaciones palestinas no se resignan a aceptar, con la fatalidad que lo hacen sus mayores, un destino sin futuro, sin identidad.

Como es de suponer, no pueden o no quieren tener pasaporte israelita por los problemas que les crea en el mudo árabe al que se deben, y con mucha dificultad, pasando por las ventanas a las casas de sus otros parientes jordanos, sirios o libaneses adquieren, con no sabemos cuántos problemas, documentos de viaje de dichos países.

Estos jóvenes y niños son los que al ir descubriendo su realidad se rebelan, protestan y acumulan odio, frustración, resentimiento y desencanto, al sentirse prisioneros en su propia casa. He visto en sus ojos brillantes de ansiedad y en sus miradas profundas, la búsqueda desesperanzada de una salida, de alguna solución.

El drama de Israel es el drama de una familia dividida que convive en una misma casa, con un resentimiento y menosprecio mutuos y permanentes por ambas partes, cada una de las cuales se considera con el derecho sobre toda la casa y piensa que la otra no debería estar allí.

El fuerte, el judío, domina la situación, impone las reglas y los límites; el débil, el palestino, no tiene otro recurso que la protesta, que sumada a una presión natural por su crecimiento demográfico, busca y reclama más habitaciones, camas, fuentes de trabajo y sobre todo una identidad con dignidad y un futuro con alicientes.

Los gobernantes de Israel no pueden seguir insensibles a estas realidades del drama y en conjunto con las naciones del mundo, que avalaron el nacimiento de su Estado, deben buscar la solución idónea.

Desconozco las propuestas de paz existentes, pero una podría ser la de acepar los hechos, dando paso a un Estado Federal multirreligioso, multilingüe, multirracial, donde las habitaciones (zonas) netamente árabes tengan su autonomía y desarrollo cultural propios, pero la seguridad total corresponda al segmento judío de Israel.

Suiza podría ser en la parte idiomática, cultural y religiosa, un modelo a seguir.

Obviamente esta propuesta implicaría el reconocimiento por la parte palestina y árabe del Estado de Israel, y el del Estado Palestino por parte de Israel, ya que no reconocerlo es un hecho que no altera la realidad que difícilmente se podrá cambiar.

La juventud no puede esperar, el drama palestino israelí no es de hechos terroristas, es el drama de la vida, la supervivencia, el presente y futuro de quienes viviendo en su casa no pueden disfrutarla, no pueden transitar por ella y no tienen la llave de la puerta para salir o entrar, pues no tienen nacionalidad ni pasaporte.

Han pasado 25 años desde que escribí este artículo para un diario de Guayaquil, Ecuador y prácticamente nada ha cambiado, pienso que ha empeorado con murallas y guetos. Todavía me resulta difícil entender que un pueblo inteligente y sufrido, como el pueblo judío, olvide los guetos europeos en que vivió y con muros mantenga los nuevos guetos del siglo XXI. La seguridad solo se obtendrá con la equidad, la justicia y la paz para ambos pueblos.

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